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José Albelda
. Doctor y Profesor en Bellas Artes, pintor y ensayista. Co-autor, entre otros, de La construcción de la naturaleza (Valencia, Consorci de Museus, 1997).

El texto aquí publicado, es un fragmento extraído de su respectiv
o publicado bajo el mismo titulo en el catálogo de la exposición "DEL MONO AZUL AL CUELLO BLANCO: Transformación social y práctica artística en la era postindustrial", comisariada por José Luis Pérez Pont, y editado por la Conselleria de Cultura de la Generalitat Valenciana, 2003.




HACIA EL REINO DEL ARTIFICIO
José Albelda


En algunos de sus principales aspectos, el antiguo debate que contraponía naturaleza y artificio ha ido disolviéndose ante el acelerado curso de los acontecimientos. El ser humano, siguiendo su naturaleza de homo faber, siempre tenderá a modificar el entorno para adaptarlo a la evolución de sus necesidades culturales, y lo hará a través del uso instrumental de la técnica . No se trata, pues, de condenar globalmente una actitud que es propia de nuestra especie, ni de considerar siempre mejor un medio aparentemente no alterado por la acción humana. Lo realmente importante es analizar el sentido y las consecuencias del proceso de antropización del mundo en el que estamos embarcados y, sobre todo, tomar conciencia de la aceleración que ha sufrido dicha dinámica desde la revolución industrial hasta nuestros días. Tanto la citada aceleración como los efectos que de ella podemos esperar a corto y medio plazo son tan apabullantes, que merecen ser considerados como un salto revolucionario que ratifica la hegemonía planetaria de nuestra especie y perfila su principal objetivo no declarado: la progresiva artificialización del mundo, en su apariencia física externa y en su nivel estructural más recóndito. Me centraré principalmente en comentar algunos aspectos de la esfera de lo ecológico-ambiental y en las repercusiones que dichos cambios tienen sobre la percepción de nuestra propia cultura y su lugar en la biosfera.

La revolución industrial comienza como una aplicación técnica a gran escala de los avances científicos del siglo XVIII. En los ya lejanos tiempos de la Ilustración, se defendía que el conocimiento científico y el progresivo dominio de la naturaleza a través de la técnica asegurarían la abundancia material y una mayor igualdad entre los humanos; gracias a lo cual se podría incluso llegar, como deseaba Kant, a la paz perpetua. Sin embargo, en tan sólo un par de siglos, un pequeño pellizco de tiempo en términos geológicos, la tecnociencia ha sufrido un desarrollo vertiginoso. En la misma línea emprendida desde los inicios del industrialismo, ha seguido desvinculándose del pensamiento moral y de los objetivos prioritarios de emancipación humana que vaticinaban los pensadores ilustrados, para convertirse en un medio-fin hegemónico, autojustificando su expansión ilimitada con todo tipo de argumentos de progreso y mejora que en gran medida son discutibles o directamente falsos. Aunque ya es casi un lugar común, conviene recordar que la poderosa tecnociencia contemporánea unida a los postulados de libremercado del capitalismo tardío han arrasado, no ya el equilibrio entre técnica y filosofía moral, sino también todo atisbo de política independiente que pudiera controlar los poderosos lobbies económico-industriales que van conformando el mundo y marcando la dirección de la aventura humana en la actualidad. Si establecemos una comparación histórica, resultaría imposible de creer, por ejemplo, que el afán conquistador del imperio romano dependiera del interés de los fabricantes de espadas y escudos por expandir sus negocios, secundados también por los tratantes de animales de carga. Ironías a parte, si damos el tremendo salto necesario para llegar a esta nueva etapa imperial, basta un breve análisis del recorrido profesional de la cúpula del gobierno de EE.UU., reparando en sus cargos directivos en las industrias petroleras y de defensa, para comprender cómo ha evolucionado el poder político en el contexto de una todopoderosa economía de mercado.

Sin el contrapeso de un pensamiento moral que ha sido relegado al ámbito académico o secuestrado por intereses muy específicos de las religiones más poderosas, y sin la autonomía de una clase política que responde a los dictados del mercado, el contexto permite que una tecnociencia muy rápidamente evolucionada se exprese en el planeta con muy pocas regulaciones efectivas. A nivel ambiental sus principales efectos son de sobra conocidos, de manera que no me extenderé mucho en este punto. Tan sólo recordar los más graves: cambio climático producido por el rápido aumento de los gases de efecto invernadero en la atmósfera, destrucción de la capa de ozono, esquilmación de ecosistemas tan valiosos como los bosques primarios, agotamiento de pesquerías, desarrollo de fuentes de energía de alto riesgo como la nuclear, contaminación global de la biosfera con sustancias químicas bioacumulativas y persistentes, expansión sin suficientes garantías de seguridad de biotecnologías en agricultura y producción animal, irreversible disminución de la biodiversidad a nivel planetario o destrución paisajística fruto de un proceso agresivo de antropización del territorio.

Todo ello nos lleva a reconsiderar bajo un nuevo prisma el manido argumento de progreso humano vinculado al desarrollo exponencial de la técnica, hasta comprender que sólo puede recuperar su sentido como instrumento emancipatorio si su poder se ve compensado por un pensamiento ético y político que la regule, limite y reconduzca hacia objetivos de interés común. Esto, evidentemente, no está ocurriendo en absoluto, según se desprende de los pobres resultados reales de cumbres medioambientales como la de Río de Janeiro o Johannesburgo. Las instituciones se centran esforzadamente en lavados verdes de imagen, mientras las industrias apuestan por correcciones tecnológicas de mayor eficiencia y complejidad que no resuelven, sin embargo, los fallos estructurales que nos conducen aceleradamente a un desequilibrio sin retorno en la biosfera. Como apunta J. Riechmann en su libro un mundo vulnerable, no se trata tanto de generalizar el uso de los catalizadores en los tubos de escape de los automóviles, como de emprender una reorganización del sistema global de movilidad que dé prioridad absoluta al transporte público frente al automóvil privado . Pero, siguiendo con el ejemplo, esto es algo que a las poderosas petroleras o a los fabricantes de coches no les conviene, y por lo tanto será un objetivo de interés común que intentarán dificultar. Lo mismo podría decirse de las nucleares: no se trata de que mejoren sus sistemas de seguridad, la tecnología es consustancialmente tan peligrosa que deberíamos clausurarla progresivamente en beneficio de las fuentes de energía renovable. Sin embargo cualquier lobby poderoso tiende a autoperpetuarse y, si le dejan, a expandirse, caiga quien caiga, y contra toda lógica o razón.

Mientras tanto, vamos bordeando o sobrepasando algunos de los límites de carga de nuestros ecosistemas y agotando progresivamente recursos naturales imprescindibles para mantener nuestra actual sociedad de consumo. Quizás el más importante sea el final del petróleo de fácil extracción, para el que se estiman unas reservas que serán consumidas, al ritmo actual de explotación, aproximadamente en cincuenta años. Es evidente que el control sobre dicho recurso ha sido uno de los factores desencadenantes de las dos guerras del Golfo, y también ha motivado que la administración de EE.UU. haya iniciado prospecciones en territorios de Alaska, una zona de gran valor ecológico. Cincuenta años es muy poco tiempo. La próxima generación va a tener que enfrentarse con las consecuencias de un cambio de modelo energético inevitable, sin que nos estemos preparando lo suficiente para afrontar las modificaciones culturales que necesariamente conllevará. Esta ausencia de previsión, cerrar los ojos ante el final cercano de uno de los pilares de nuestra economía y forma de vida en las sociedades del Norte, supone una actitud inmoral que propiciará más luchas por el control de los últimos recursos, por la devastación de los últimos territorios en los que quede petróleo .

El panorama que hemos descrito supone un cambio sustancial en la manera en que la cultura dominante se relaciona con la biosfera. Ante una situación tan complicada y alarmante, no parece que sigan siendo eficaces los modelos de respuesta a los que estábamos acostumbrados en las últimas décadas del siglo XX. Para combatir problemas que en gran medida son estructurales, resulta insuficiente una dinámica de respuesta ante agresiones medioambientales concretas y desde un ámbito no excesivamente poderoso como es el ecologismo. Urge potenciar movimientos articulados que intenten modificar, desde la base, aspectos sistémicos de nuestra relación con la biosfera; comenzando, por ejemplo, por los modelos macroeconómicos que alientan el rumbo de las sociedades postindustriales. En esta línea, sin duda, caminan los movimientos antiglobalización que cuestionan la forma en que se está concretando un modelo económico neoliberal de alto impacto en ecosistemas naturales y en amplios grupos de población humana. De hecho, sólo a través de la sinergia entre grupos ideológicamente muy distintos cuyo objetivo último son los derechos humanos y la sustentabilidad de los procesos culturales en la biosfera, podemos entrever caminos eficaces. Ahora bien, los retos a los que nos enfrentamos son grandes. Para darnos cuenta hasta qué punto las estructuras económicas se encuentran blindadas ante las medidas correctoras que se proponen, no hay más que comprobar lo difícil que resulta el crecimiento de una iniciativa sistémica de la importancia de la Banca Ética o medidas mucho más concretas como la Tasa Tobin, sistemáticamente rechazada hasta la fecha. Los movimientos antiglobalización, la teoría y el activismo ecologista, y demás iniciativas que buscan la redistribución de la riqueza y la sustentabilidad de los procesos tecnoindustriales en una biosfera finita, se topan siempre con la búsqueda ciega de la concentración de beneficios, ignorando los efectos que las actividades económicas producen en entornos difusos como el medio ambiente o las poblaciones de zonas marginales del planeta. Pero ésta no es en absoluto una inercia nueva. Lo que resulta nuevo es el poder actual del capital transnacional, y los medios con que cuenta para realizar físicamente -imponer- unos determinados procesos de antropización del mundo muy destructivos, relegando otros que podrían ser mucho más respetuosos.

 

 

 

 
 
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