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La revolución industrial comienza como una aplicación
técnica a gran escala de los avances científicos del siglo
XVIII. En los ya lejanos tiempos de la Ilustración, se defendía
que el conocimiento científico y el progresivo dominio de la naturaleza
a través de la técnica asegurarían la abundancia
material y una mayor igualdad entre los humanos; gracias a lo cual se
podría incluso llegar, como deseaba Kant, a la paz perpetua. Sin
embargo, en tan sólo un par de siglos, un pequeño pellizco
de tiempo en términos geológicos, la tecnociencia ha sufrido
un desarrollo vertiginoso. En la misma línea emprendida desde los
inicios del industrialismo, ha seguido desvinculándose del pensamiento
moral y de los objetivos prioritarios de emancipación humana que
vaticinaban los pensadores ilustrados, para convertirse en un medio-fin
hegemónico, autojustificando su expansión ilimitada con
todo tipo de argumentos de progreso y mejora que en gran medida son discutibles
o directamente falsos. Aunque ya es casi un lugar común, conviene
recordar que la poderosa tecnociencia contemporánea unida a los
postulados de libremercado del capitalismo tardío han arrasado,
no ya el equilibrio entre técnica y filosofía moral, sino
también todo atisbo de política independiente que pudiera
controlar los poderosos lobbies económico-industriales que van
conformando el mundo y marcando la dirección de la aventura humana
en la actualidad. Si establecemos una comparación histórica,
resultaría imposible de creer, por ejemplo, que el afán
conquistador del imperio romano dependiera del interés de los fabricantes
de espadas y escudos por expandir sus negocios, secundados también
por los tratantes de animales de carga. Ironías a parte, si damos
el tremendo salto necesario para llegar a esta nueva etapa imperial, basta
un breve análisis del recorrido profesional de la cúpula
del gobierno de EE.UU., reparando en sus cargos directivos en las industrias
petroleras y de defensa, para comprender cómo ha evolucionado el
poder político en el contexto de una todopoderosa economía
de mercado. Todo ello nos lleva a reconsiderar bajo un nuevo prisma el manido argumento de progreso humano vinculado al desarrollo exponencial de la técnica, hasta comprender que sólo puede recuperar su sentido como instrumento emancipatorio si su poder se ve compensado por un pensamiento ético y político que la regule, limite y reconduzca hacia objetivos de interés común. Esto, evidentemente, no está ocurriendo en absoluto, según se desprende de los pobres resultados reales de cumbres medioambientales como la de Río de Janeiro o Johannesburgo. Las instituciones se centran esforzadamente en lavados verdes de imagen, mientras las industrias apuestan por correcciones tecnológicas de mayor eficiencia y complejidad que no resuelven, sin embargo, los fallos estructurales que nos conducen aceleradamente a un desequilibrio sin retorno en la biosfera. Como apunta J. Riechmann en su libro un mundo vulnerable, no se trata tanto de generalizar el uso de los catalizadores en los tubos de escape de los automóviles, como de emprender una reorganización del sistema global de movilidad que dé prioridad absoluta al transporte público frente al automóvil privado . Pero, siguiendo con el ejemplo, esto es algo que a las poderosas petroleras o a los fabricantes de coches no les conviene, y por lo tanto será un objetivo de interés común que intentarán dificultar. Lo mismo podría decirse de las nucleares: no se trata de que mejoren sus sistemas de seguridad, la tecnología es consustancialmente tan peligrosa que deberíamos clausurarla progresivamente en beneficio de las fuentes de energía renovable. Sin embargo cualquier lobby poderoso tiende a autoperpetuarse y, si le dejan, a expandirse, caiga quien caiga, y contra toda lógica o razón. Mientras tanto, vamos bordeando o sobrepasando algunos de los límites de carga de nuestros ecosistemas y agotando progresivamente recursos naturales imprescindibles para mantener nuestra actual sociedad de consumo. Quizás el más importante sea el final del petróleo de fácil extracción, para el que se estiman unas reservas que serán consumidas, al ritmo actual de explotación, aproximadamente en cincuenta años. Es evidente que el control sobre dicho recurso ha sido uno de los factores desencadenantes de las dos guerras del Golfo, y también ha motivado que la administración de EE.UU. haya iniciado prospecciones en territorios de Alaska, una zona de gran valor ecológico. Cincuenta años es muy poco tiempo. La próxima generación va a tener que enfrentarse con las consecuencias de un cambio de modelo energético inevitable, sin que nos estemos preparando lo suficiente para afrontar las modificaciones culturales que necesariamente conllevará. Esta ausencia de previsión, cerrar los ojos ante el final cercano de uno de los pilares de nuestra economía y forma de vida en las sociedades del Norte, supone una actitud inmoral que propiciará más luchas por el control de los últimos recursos, por la devastación de los últimos territorios en los que quede petróleo . El panorama que hemos descrito supone un cambio sustancial en la manera en que la cultura dominante se relaciona con la biosfera. Ante una situación tan complicada y alarmante, no parece que sigan siendo eficaces los modelos de respuesta a los que estábamos acostumbrados en las últimas décadas del siglo XX. Para combatir problemas que en gran medida son estructurales, resulta insuficiente una dinámica de respuesta ante agresiones medioambientales concretas y desde un ámbito no excesivamente poderoso como es el ecologismo. Urge potenciar movimientos articulados que intenten modificar, desde la base, aspectos sistémicos de nuestra relación con la biosfera; comenzando, por ejemplo, por los modelos macroeconómicos que alientan el rumbo de las sociedades postindustriales. En esta línea, sin duda, caminan los movimientos antiglobalización que cuestionan la forma en que se está concretando un modelo económico neoliberal de alto impacto en ecosistemas naturales y en amplios grupos de población humana. De hecho, sólo a través de la sinergia entre grupos ideológicamente muy distintos cuyo objetivo último son los derechos humanos y la sustentabilidad de los procesos culturales en la biosfera, podemos entrever caminos eficaces. Ahora bien, los retos a los que nos enfrentamos son grandes. Para darnos cuenta hasta qué punto las estructuras económicas se encuentran blindadas ante las medidas correctoras que se proponen, no hay más que comprobar lo difícil que resulta el crecimiento de una iniciativa sistémica de la importancia de la Banca Ética o medidas mucho más concretas como la Tasa Tobin, sistemáticamente rechazada hasta la fecha. Los movimientos antiglobalización, la teoría y el activismo ecologista, y demás iniciativas que buscan la redistribución de la riqueza y la sustentabilidad de los procesos tecnoindustriales en una biosfera finita, se topan siempre con la búsqueda ciega de la concentración de beneficios, ignorando los efectos que las actividades económicas producen en entornos difusos como el medio ambiente o las poblaciones de zonas marginales del planeta. Pero ésta no es en absoluto una inercia nueva. Lo que resulta nuevo es el poder actual del capital transnacional, y los medios con que cuenta para realizar físicamente -imponer- unos determinados procesos de antropización del mundo muy destructivos, relegando otros que podrían ser mucho más respetuosos.
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